El falso síndrome de Yoko Ono

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Notas Acusmáticas

Ignoro cuándo fue la primera vez que lo escuché, pero sin duda se trata de un término coloquial y ampliamente conocido. Casi cualquier persona puede identificar a Yoko Ono, ya sea por su multifacética manifestación artística o por el simple hecho de haber sido la pareja sentimental de uno de los músicos más famosos de la historia… y a quien erróneamente se le atribuye la separación de los Beatles.

Sinceramente, cuando comprendí a qué se refería el presunto “síndrome de Yoko Ono”, mi reacción automática fue de molestia. Primero, porque se trata de un término un tanto despectivo en el sentido de que la mujer, pareja del músico en cuestión, es la culpable de la mala fortuna que le depare a la respectiva banda por diversas causas; y segundo, porque el concepto que se pretende explicar está fehacientemente equivocado y malentendido.

En la web se encuentran decenas de artículos donde se asocia el citado síndrome con la idea de que es una mujer la culpable de la ruptura de una banda, o en su caso, del desprendimiento de un hombre de su grupo musical. Creo que no hay nada más falso. Si bien existen tanto mujeres como hombres que no comparten la idea de que su pareja sentimental se dedique a la música –por una cuestión directa de ver este arte como una “pérdida de tiempo”-, no considero que la referencia sea justa.

Yoko Ono no tuvo la culpa, de ninguna manera, de que los Beatles se separaran. Y antes de que empiecen los piedrazos, me remito al biógrafo Charles J. Shields, quien explica en el libro “Imagine: Historia de una canción” los acontecimientos que tomaron lugar desde la ruptura del cuarteto de Liverpool hasta la publicación del famoso himno de paz de John Lennon en solitario, y además hace hincapié en que durante la grabación del discazo Abbey Road en 1969, la tensión entre los miembros de la banda ya era evidente e insostenible. Es decir, la culpa no fue de una supuesta “mujer controladora” que llegó a la vida de uno de ellos.

El propio Paul McCartney afirmó hace unos años en una entrevista para The Guardian, que el grupo ya estaba en vías de ruptura cuando Yoko conoció al difunto John, e inclusive se aventuró a decir que sin ella y sus ideales, Imagine jamás habría sido compuesta. De hecho, tampoco habrían existido varios discos de Lennon como solista, donde su gran fuente de inspiración fue ella, le pese a quien le pese.

Desde mi punto de vista, de lo que en realidad se culpa a Yoko, consciente o inconscientemente, es de haber sido una artista independiente de la que se enamoró el músico inglés. En el mundo de la farándula –y más aún en la época de los 70 cuando todavía existía una fuerte tendencia a menospreciar el talento femenino y a ver mal a las mujeres independientes- no se concibe la idea de que su relación se basara en la tolerancia y la igualdad. Ambos eran “artistas”, no se trataba de una simple groupie que buscaba enamorar a John, sino que el amor entre ellos era evidente y ambos se apoyaban en sus compromisos virtuosos.

Aquí una anécdota personal: Cuando conocí a Uzz, nuestra relación se basó en los mismos principios de tolerancia, respeto e igualdad. Ambos éramos músicos talentosos, cada quien en su círculo y en su instrumento, desde nuestras experiencias e ideales individuales. Sin embargo, no faltaron quienes expresaran en más de una ocasión un comparativo entre mi persona y la viuda de Lennon –fuera en serio o en broma-, a pesar de que Uzz no se alejó de su banda cuando me conoció, al contrario, me atrevería a decir que fue gracias a mí que persistió en su búsqueda personal por hacer de la música, “su” música, una constante en su vida –y también en la mía- hasta la fecha.

Creo que la razón de los comparativos con el presunto síndrome referido, se debe a la indiscutible influencia que ejerce sobre un artista la persona que ama. Es inevitable. Si las personas que admiramos, sean músicos o de donde sea que provengan influyen considerablemente en nuestros ideales y en nuestro modo de vida, imagínense ustedes lo que causan en nosotros las personas que amamos.

Por supuesto que hay personas –de ambos sexos- en la vida sentimental que se oponen a que un artista, sea músico o de cualquier otra vertiente, se desarrolle hasta su máximo potencial. No obstante, reitero que la comparación con el “Síndrome de Yoko Ono” me parece absolutamente inadecuada, por los motivos ya expresados.

Por ejemplo, en el caso de los músicos, me ha tocado ver cómo las parejas –en su mayoría mujeres, hay que decirlo- que no comparten la pasión por la música, funcionan como un freno e impedimento para conseguir la materialización de los sueños de la banda en general y del músico en particular. Esta actitud se revela con las malas caras de la pareja durante las tocadas, los “peros” cuando se trata de ensayos o inversiones para la banda, etc… El acabose llega cuando “un nuevo bebé” es visto como el mayor de los impedimentos para continuar con la música, en lugar de verlo como una oportunidad para la formación de un nuevo artista desde el vientre materno. ¿A qué músico no le hubiera gustado estar escuchando a su mamá tocar un instrumento y estar presente en los ensayos de la banda de su padre desde antes de nacer? ¿Se imaginan las posibilidades virtuosas de ese pequeño bebé en un futuro?

Uno de los capítulos en el libro “One Hit Wonder” de Joselo Rangel, hace referencia precisamente al tema, pero el desenlace es justamente lo opuesto a lo imaginado (spoiler alert):

La protagonista, novia de un músico de una banda emergente de mediano nivel, es presionada por los demás integrantes para que asista a reuniones tipo “Alcohólicos Anónimos” pero de “Yokos”, con la esperanza de que “dejara de molestar” a su novio, cuando en realidad ella no tenía ninguna intención de entorpecer la carrera musical de su pareja. En dichas reuniones, ella se da cuenta de que no tenía nada que ver con esas mujeres que no comprendían el arte de la música. Al contrario, la chica se propone, a raíz de su asistencia a esas reuniones, “ayudar” a incrementar el potencial musical de su novio, quien era menospreciado hasta cierto punto dentro de la banda. El desenlace inesperado es que la protagonista de este cuento termina convirtiéndose en la manager de la banda, pues ella se percata de que se ha vuelto una experta en el tema musical y que ha desarrollado una gran habilidad para identificar las necesidades tanto profesionales y administrativas como personales y de grupo en el proyecto de su novio, impulsándolos hacia el estrellato gracias a que abandonan la absurda idea de las “Yokos” y confían en ella para su desarrollo.

Muchos podrán refutar que la referencia de Joselo es una fantasía muy bonita, pero para sorpresa y disgusto de muchos, sí existe correlación con la vida real. De modo que hay distintas maneras de interpretar el fenómeno descrito, ya sea un problema de una pareja que no entiende lo que significa la música por su valor artístico y la dificultad que conlleva desarrollarla hasta su máximo potencial; o bien, de una analogía equivocada con el presunto “Síndrome de Yoko Ono”, lo que nos lleva a concluir que el futuro de una banda no recae en la posible culpabilidad de las novias –o novios, en su caso-, sino del frágil compromiso que tengan los miembros de una banda con su proyecto musical –incluyendo en este paquete las fricciones irreconciliables entre ellos-. Así de simple.

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