La primera vez

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Notas Acusmáticas

La emoción a duras penas me deja respirar. Siento miles de mariposas revoloteando en mi estómago. Las manos sudorosas se equivocan de pronto. Olvido todo lo que me aqueja, sólo para concentrarme en los nervios a flor de piel. La sensibilidad está al tope y no puedo más que atinar a admirar el momento con ojos de amor.

No sabía que lo tenía en mí. La composición siempre había sido un enigma, una virtud de aquellos que se habían preparado desde niños en la disciplina armoniosa, o de los que vivieron algo que marcó el curso de su vida. La música de otros siempre ha sido mi refugio, pero ignoraba por completo que también podía crearla.

Nunca me tomé muy en serio lo de la composición. En realidad, nunca me lo propuse. Pero siempre estuvo presente en mi vida, desde la primera vez que tuve en mis manos un teclado. Descubrir sus sonidos, sus combinaciones y la habilidad creciente de mis dedos era suficiente para llenarme, al menos en aquel tiempo. La interpretación virtuosa de los grandes clásicos traía consigo respeto y admiración social.

Sin embargo, siempre persistía un hueco en mi interior. Ya no me resultaba suficiente. Llega un punto en la vida del músico en el que necesitas expresarte más a fondo, escuchar tu voz interior y plasmarla. Hay tanto qué decir, tanto qué sacar, pero a veces el tiempo no alcanza, a veces la vida es tan complicada que decidimos dejar a un lado nuestras inquietudes para perseguir el sueño de otros.

No fue hasta que, por motivos de salud, me vi forzada a ausentarme un tiempo de mi hogar y de mis dos compañeros, mi esposo y mi perro, llevándome a darle vuelo a la composición. Estar lejos de tu círculo cercano provoca una reacción muy fuerte. Tristeza y depresión es tan solo una pequeña porción de lo que sientes. No solamente tienes que lidiar con la convalecencia y el malestar físico, en mi caso no poder caminar, sino también con la soledad.

Por mucho que tus familiares se preocupen por cuidarte y hacerte sentir bien atendido y cómodo, no hay nada como estar en tu propia casa en momentos de tensión; cómo quisiera estar en mi depa en estos momentos. Y un poco de música. Sí, la música no puede faltar en cualquier situación de penumbra. Por ello es que decidí llevar conmigo mi sinte (diminutivo de “sintetizador”) y unas cuantas partituras, pensando en que tendría tiempo suficiente para sacar las obras que he venido posponiendo.

Liszt, Debussy, Chopin y Bach aguardan impacientes y me presionan a continuar estudiando. No obstante, en semana y media de estar en cama, no he sacado ni una sola canción de las que me propuse, pues desde el día uno de este descanso obligado en que prendí el Korg negro y rojo, lo primero que hice fue escuchar mi corazón y, como por arte de magia, empecé a componer una canción.

De inmediato le mandé una grabación mal hecha con mi celular a Uzz para que la escuchara. Le dije “hice una canción, es para ti”. Me dijo, con una lágrima recorriendo su mejilla, que nunca nadie le había escrito una canción. Siempre era él quien componía, desde que hizo su primer grupo y ahora con L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound) las cosas no habían cambiado. Los papeles se voltean y llega la admiración.

Raro, cuando tu cónyuge te llena de elogios por algo que has hecho o creado, piensas instantáneamente que “es tu esposo siendo esposo” (ahora te entiendo Uzzi, cada vez que te he dicho lo buen compositor que eres) y llegas a vacilar, piensas que quizás no seas tan bueno como tu pareja dice. No confías en su objetividad, crees que su amor lo ha cegado, hasta que escuchas los comentarios de otras personas, sobre todo de los papás, quienes son los más fieles críticos de sus hijos. Si le gusta a tus progenitores significa que hay esperanza en lo que haces.

Me sentí bien. Pienso para mí “todavía no está terminada, no sé si debe llevar letra o no, si debería ser una obra para piano o agregar otros instrumentos y convertirla en una canción de rock; escucho en mi cabeza las guitarras, la batería, el bajo y unos violines; imagino la partitura y ya pienso en escribirla, también fantaseo con voces y letras; pienso que debería ir a registrarla, mi primer canción terminada”, y miles de pensamientos así me inundan mientras la toco una y otra vez, al tiempo que surgen nuevas melodías para otras canciones.

Lo magnífico de la composición musical es que nunca te cansas de tocar tu música. Lo mismo cuando estás en un grupo emergente en donde, aunque no sea tu composición sino de uno de tus compañeros, estás tan comprometido con la música que se vuelve tuya. No eres el músico de un cantautor, eres parte de un grupo de personas persiguiendo el mismo objetivo: hacer música porque te llena, conectar con tus camaradas y transmitirlo a otros que gustan de escucharte.

¿Es acaso la inspiración? ¿Es depresión contenida? ¿Es una voz divina susurrándome al oído? No lo sé, podría ser ninguna o todas, pero lo que sí sé es que es mágico, es vida y soy yo; es mi interior manifestándose, son mis sueños, son mis sonidos, es mi música, mi primera vez escribiendo una canción, en el lugar más inhóspito y donde jamás creí que pasaría.

Tenía la intención de interpretar a alguien más, pero terminé escribiendo algo nuevo. La música es tan mística que apenas alcanzamos a imaginar todo lo grandioso que podemos lograr a través del arte. Sólo hacía falta extrañar al amor de mi vida, sentirme lejos de casa, extrañar las orejas de mi perrhijo, ¡y bum! Ahora sueño con más música de mis adentros.

Sin duda el don más preciado que tengo es poder tocar y quiero contagiar a otros para que se acerquen al arte, pues sin miedo a equivocarme, puedo decir que es lo más especial que hemos creado como seres humanos y lo que nos distingue de otras especies. Acércate al arte, te aseguro que tu primera vez también será especial e inolvidable.

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