Escena musical ¿machista?

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Notas Acusmáticas

18/01/2018

Para nadie es una sorpresa que la música esté dominada por hombres, como ocurre en casi todos los ámbitos del sistema capitalista del patriarcado. Sí hay grandes mujeres artistas que nos regalan música maravillosa, pero continúan siendo minoría y las que no pueden considerarse artistas son mujeres explotadas como un negocio de la farándula por su atractivo físico.

La industria musical es una de las más difíciles en México. Hay mucho talento pero poco apoyo a las bandas emergentes, sobre todo de rock y sus derivados. El pop es más aceptado y todo lo bailable o que tenga una estructura musical simplona -como el reguetón- ni se diga. Y peor tantito cuando se trata de bandas con mujeres.

Es un arma de dos filos porque, por un lado, ver a una chica en una banda de rock llama la atención, precisamente por ser un terreno dominado por los hombres, abriéndole las puertas a dicha banda en algunos foros o medios pero no tomando su calidad musical como requisito indispensable para poder presentarse, sino por una presunta necesidad de dar una imagen de equidad en sus espacios.

Por el otro lado, las bandas con mujeres sufren los improperios de aquellos que consideran que entonces no se puede hacer buena música porque no son puros hombres, inclusive se llega a ver con malos ojos la inclusión femenina porque es una chava rodeada de figuras masculinas en un ambiente poco favorable para su integridad, ya que las tocadas se realizan en lugares donde la mayoría son hombres borrachos que comienzan a echar piropos no deseados con respecto a la apariencia de la integrante, que no tienen nada que ver con la ejecución musical.

“Las mujeres no tocan rock, tocan baladas de amor, pero no pueden rockear”, “las mujeres que andan en esos ambientes están buscando otra cosa”, “ellas tienen la culpa, ¿para qué se exponen en esos lugares?”, entre otros absurdos pensamientos que parecen ser generalizados en una sociedad que ha crecido con parámetros totalmente machistas.

Las cantautoras son poco a poco moldeadas en la industria para que enseñen cada vez más piel y canten cada vez menos. Un ejemplo es Shakira, quien en sus años mozos deslumbró por sus composiciones literarias y su distintiva y potente voz, paulatinamente opacadas por sus propias caderas que terminaron por transformar hermosas poesías musicales en el Waka Waka y ritmos reguetoneros que le permitieran seguir bailando “sexy”, porque eso es lo que vende. ¡Ah!, pero no después de tener hijos…

En los años 90 hubo una ola de mujeres rockeras que se rebelaron ante estos parámetros. Desde Alanis Morissette, Gwen Stefani en No Doubt, Nina Persson en The Cardigans, Amy Lee en Evanescence, Shirley Manson en Garbage, Courtney Love en Hole, y por supuesto la recién fallecida Dolores O’Riordan en The Cranberries, fueron sólo algunas de las pioneras que tuvieron que pelear contra estereotipos, prejuicios, chismes y malos comentarios únicamente por ser mujeres abriéndose paso en nuevos terrenos.

Lo mismo sufrieron Nina Simone, Aretha Franklin, Janis Joplin, Nina Hagen o Madonna. Casi siempre las mujeres somos mal vistas por ser emprendedoras, pero gracias a nuestro talento y creatividad para ofrecer algo nuevo nos hemos levantado una y otra vez. Sin embargo, ahí están los excesos de las drogas y el alcohol como producto de un escape a las críticas y la difícil vida frente a los reflectores.

En la escena independiente mexicana he podido experimentar en carne propia los malos tratos por ser una mujer quien maneja el grupo y no un hombre, así como comentarios de tipo sexista, chiflidos, miradas y acercamientos físicos incómodos. Afortunadamente nunca ha pasado a un apretón de nalga, pero no por falta de ganas de los abusadores, sino por la sencilla razón de ir acompañada en todo momento de mi pareja, de lo contrario ignoro si ya habría sido una víctima más de las prácticas de acoso sexual que ha puesto de moda el machismo.

En consecuencia, muchas de nosotras tomamos riesgos diariamente al decidir si usamos una falda o no, si nos ponemos brasier o no, si deberíamos vestirnos con ropa holgada o ajustada, incluso los colores llamativos son puestos en tela de juicio, todo dependiendo de a dónde vayamos ese día o con quien vayamos a estar. Cada vez que mi papá, mi hermano o mi esposo -hombres de mi círculo cercano-  me han hecho algún comentario sobre si mi ropa se ve “provocativa”, levanta la alerta roja y me siento incómoda, insegura y miedosa, pues “alguien podría sentirse atraído”… Inclusive entre las mismas mujeres hemos caído en la trampa de alertar a otras sobre su vestimenta, en lugar de preocuparnos como sociedad por seguir educando con una visión de respeto mutuo, sin importar la apariencia o lo que traigas puesto.

Desde muy pequeña me acostumbré a estar a la defensiva cuando estoy en la calle, luego de presenciar que un desconocido le diera una nalgada a mi mamá, hace casi 20 años. Lo único que pudo hacer mi madre fue gritarle una serie de insultos mientras el tipo se alejaba lentamente. Ese día me di cuenta de lo vulnerables que somos, lo indefensas que estamos ante los abusadores que ven con naturalidad una agresión de este tipo.

No está bien sentirse así. No está bien tener miedo. No está bien no poder ponerse una minifalda porque “es provocativa”. ¿En serio? ¿O sea que nosotras somos las que provocamos las agresiones? Es la forma en la que esta sociedad nos ha educado y tiene que cambiar. Si es un día soleado y hace calor o es una noche de salir a bailar y en ambos casos me dan ganas de usar una minifalda, tengo derecho a usarla sin sentirme asediada por las miradas, comentarios o toqueteos indeseados.

Lamentablemente, así como en muchos ámbitos, las escenas musical y emergente no están exentas del acoso que sufren mujeres diariamente por hombres de cualquier edad, de cualquier clase social, de cualquier raza, nacionalidad o religión pero que comparten la estupidez de pensar que de alguna manera tienen “derecho” sobre el cuerpo de alguien más, o simplemente porque se sienten superiores, o porque nunca les dijeron que tenían que respetar a las chicas.

La industria musical explota fuertemente el sex appeal de las mujeres como una imposición o requisito para poder “triunfar”. Con ello hemos olvidado que cada mujer debe ser libre de vestir como le plazca. Si quiere “enseñar” que enseñe, si quiere vestir como monja que lo haga, pero que sea “su” decisión y no la instrucción de un productor o la sugerencia de un hombre cercano con la evidente intención de explotar su apariencia o cuidarla, en su caso. Pero no es así como nos van a cuidar, es educando a los demás hombres que bromean o comentan que fulana “está bien buena”, zutana es “una zorra” o “me cogí” a perengana.

La sociedad tiene todavía una fuerte lucha por delante para cambiar estas pautas de conducta. Y en el caso de la música, debe ser vista como el arte que es y no como una industria o negocio. No tiene nada de malo querer vivir económicamente de ella, lo malo es cuando se opaca su lado artístico y se explota la figura femenina para llamar la atención o se le cierran las puertas a una banda porque entre sus integrantes hay mujeres, quienes merecemos el mismo respeto que gozan los hombres músicos. La música es fantástica y trascendental para la vida en sociedad, protejámosla de la oscuridad y podredumbre que impone el sistema capitalista patriarcal.

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