La música que marca nuestras vidas

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Notas Acusmáticas

14/12/2017

Íbamos en el auto hacia Acapulco, escuchando música a todo volumen. Así le gustaba a mi papá, decía que se concentraba mejor, la verdad es que tenía destreza al volante y le gustaba “meterle pata”. Acostumbrábamos salir a las 5 de la mañana de Toluca, nos íbamos por Ixtapan de la Sal y tomábamos hacia Puente de Ixtla, una carretera horrible llena de curvas que hasta la fecha nada más de recordarla me causa mareo. De ahí nos incorporábamos a la Autopista del Sol, pasando Cuernavaca.

Tenía alrededor de 9 años de edad y una vez, en algún punto del trayecto, pusimos el disco de Greatest Hits de Queen. El track número 6, si mal no recuerdo, era “Play the game”. Probablemente ya la había escuchado antes en la casa, pero justamente ese día algo me hizo ponerle más atención que inclusive me atreví a pedirle a mi papá que por favor la repitiera, porque quería sentir nuevamente mi columna estremecida y mi piel chinita.

Me gustaba mucho el viaje a Acapulco, a excepción de las curvas en las que frecuentemente le vomitaba el carro a mi papá, pero pasando la serpenteante carretera libre, era una delicia porque el encierro en el carro me hacía ponerle mucha atención a la música, además de que a esa corta edad no tenía todavía la costumbre de escuchar discos en mi habitación, sino que más bien escuchaba lo que ponían mis papás.

Mi mente funcionaba de forma extraña. Imaginaba miles de cosas, como que nos perseguían T-Rex y Velocirraptors y por eso íbamos tan rápido en la carretera, y los veía corriendo al lado del auto, entre otras cosas dignas de una pachequeada, pero sólo sucedía cuando escuchaba música. Si íbamos en silencio o platicando, el trayecto se volvía sumamente aburrido. Me daba sueño y se me hacía eterno. La música era lo único que mantenía la emoción de ir a nadar y pensar en todas las aventuras que podríamos tener.

Cuando empezaba a sentir el aire calientito y húmedo sabía que ya estábamos más cerca de llegar a la playa. Íbamos aproximadamente 3 o 4 veces al año desde que estaba en carriola debido a mi acentuado problema de asma, al menos ese había sido el pretexto muchas veces aunque seguimos durante muchos años más frecuentando Acapulco. La música nunca faltaba en cada viaje, donde aprendí a reconocerla como un elemento importante de mi vida y a gozar de mi soledad.

Y la primera vez que le puse atención a “Play the game” fue también la primera vez que imaginé las galaxias. Esa misma noche soñé que viajaba por el espacio, un recuerdo que vino a mi mente nuevamente cuando fui al cine a ver Wall-E de Pixar, muchos años después. Esos colores en el espacio, la quietud y la sensación de lo inesperado, eso me causa todavía escuchar los sintetizadores del intro y del puente, acompañados de la poderosa guitarra de Brian May.

De hecho, no andaba yo tan perdida en ese entonces, pues en el video oficial –que curiosamente vi apenas este año- se muestra al inicio, con los efectos que permitían la época, lo que asemeja un viaje a través de la oscuridad del espacio, alumbrado únicamente por las estrellas, donde un micrófono fungía como nave o meteorito navegando por ahí, hasta que la mano de Freddie lo agarra y comienza a cantar.

Recuerdo haberle preguntado mucho a mis papás sobre la canción. ¿Cómo hacen esos sonidos? La curiosidad de saber y las ganas de hacerlo yo también, estaban al tope. “Por computadora”, fue la respuesta de mi papá, lo cual me decepcionó un poco pero tampoco estaba satisfecha, pues yo sabía que no eran producto de los efectos especiales, sino de algún instrumento o algún tipo de producción de la cual yo no sabía nada. Ahora sé que provenían de sintetizadores Oberheim OB-X.

Los años pasaron y la curiosidad por una de mis canciones favoritas de Queen se mantuvo. A pesar de todo, yo sabía que quería dedicarme a tocar el piano. Cada vez que escuchaba “Bohemian Rhapsody”, por ejemplo, pensaba en que yo quería tocar así. Cualquier canción que tuviera un poco de piano captaba mi atención. Me asombraba saber que Freddie Mercury podía cantar de esa manera y además tocar el piano con maestría. Fue también cuando decidí tomar clases de canto y de solfeo, cuando tenía 10 años.

Abiertamente en mis planes estaba ser pianista, pero secretamente deseaba formar parte de una banda de rock, y era un secreto porque nunca lo compartí con nadie, aunque desde pequeña mis papás me llevaban a escuchar música en vivo en el mítico Jurassic Rock de Toluca, probablemente por eso mi deseo se manifestó nuevamente alrededor de 11 años después, cuando entré al Conservatorio de Música del Estado de México.

Ahí me reencontré con mi principal mentora, Marina Romanova, quien me acogió nuevamente, a pesar de ya estar entrada en mis 20’s y lo cual representaba una mala apuesta para la burocracia del Conser. Quizá tenían razón en dudar si aceptarme o no, pues deserté cuando le comenté a Marina que tenía ganas de cambiarme a Jazz y que quería tocar rock, observando su mirada desconcertada, como si le hubiera roto el corazón, a pesar de que no estaba en mis planes dejar de tocar música clásica. Sin embargo, donde se equivocó la burocracia del Conservatorio fue en que no continuaría por el camino de la música, pues mi carrera musical comenzó justamente cuando decidí salirme.

Como siempre he dicho, en el Conser aprendí muchas cosas, conocí mucha gente interesante, buenos amigos y empecé a valorar más la música independiente, pero lo más importante es que conocí a mi esposo. Así es, tuvimos la suerte de encontrarnos muy jóvenes y de disfrutar más años juntos. Él –y su música- fue quien despertó en mí esa curiosidad hambrienta que había dejado 11 años antes “Play the game”.

Cuando Uzz me invitó a formar parte de su grupo, en ese entonces llamado Zuxion, no tenía ni siquiera un teclado, me prestó un Casio que era de su papá y ahí empecé a hacer mis experimentos musicales. Tenía buenos soniditos el Casio, pero nada como mis primeros sintes, un Roland Juno-D y el súper Korg Microkorg, con los que comencé a emular las galaxias que también, sin saberlo, compartía Uzz en sus entelequias musicales, en una especie de conexión cósmica que ambos compartimos a la fecha.

De esa manera nació parte de lo que hoy es el primer EP de L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound), “Niña Espacial”. Uzz ya había nombrado así esa canción desde antes de conocerme y probablemente nunca pensó que llevaría secuencias y sonidos del espacio. Eso es lo asombroso de la música, que sin importar los planes o la manera en la que la hayas imaginado, solita se abre paso a partir de una canción que marca tu vida.

Efectivamente, quizá si nunca hubiera escuchado “Play the game” no estaría tocando los sintetizadores el día de hoy y si mis papás no me hubieran llevado a escuchar rock cada viernes en la noche no formaría parte de una banda de rock. Todo lo que sucede en nuestra historia personal tiene una razón de ser, y las canciones que escuchamos desde nuestra infancia tienen una gran influencia en nuestra formación como músicos. Gracias Freddie por haberme cautivado con esas canciones tan poderosas, aun cuando ya habías fallecido cuando escuché tu música por primera vez y aunque he escuchado cientos de veces tu distintiva voz, los magníficos coros, el fabuloso piano y los mágicos sintetizadores, la potente guitarra de May y la enérgica estructura rítmica de la batería y el bajo, invariablemente mi piel se sigue enchinando, como esa primera vez rumbo a Acapulco.

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