Explotación indie. Ya ni las chelas invitan

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Notas Acusmáticas

31/08/2017

Hace unos días leí un post que trataba de explicar fallidamente la diferencia entre una banda emergente y una independiente, describiendo que las primeras “brotan”, es decir, que destacan del resto de las bandas nuevas, que no son famosas pero sí cuentan con algún promotor que las ayuda a sonar en la radio; y las segundas, cumpliendo con todo lo anterior pero son las que gestionan todo por ellas mismas, sin aclarar si se trata también de bandas nuevas o consolidadas.

“Googleando” un poco más al respecto, llegué a la conclusión de que nadie sabe bien a bien qué implica ser una banda “indie”. Algunos las catalogan como un estilo musical, otros como un diminutivo para “independiente”, término que es casi un sinónimo de “emergente”. Pero fuera de estas clasificaciones, nadie reflexiona sobre lo que en verdad significa ser una banda nueva que se toma muy en serio la labor de difundir su música, porque agrupaciones nuevas sobran y a montones, con talento y sin él, algunas desde la clásica posición de “rockstars” y otras que en verdad creen que algún día podrán vivir de lo que les apasiona y entonces lo hacen con humildad y entrega.

Como quiera que sea, nadie se pone en los zapatos de los músicos, mucho menos aquellos que quieren hacer negocio a sus costillas. Los músicos invierten todo el tiempo: en sus instrumentos, en las horas de ensayo, en los traslados a los “tokines”, en su imagen, en sus grabaciones, en sus videos, en su promoción y difusión, en un buen sonido, en su mercancía, en maquila, en seguir componiendo, etc; pero lo triste es que en la gran mayoría de los casos, las bandas independientes no viven de su música, ya que en cada una de sus presentaciones no cobran ningún tipo de remuneración, al contrario, generalmente terminan poniendo dinero, y por ende se ven obligadas a tener un trabajo “godín” que les absorbe gran cantidad de su tiempo y no les permite dedicarse de lleno a que su música sea reconocida. Pero eso sí, es muy mal visto si un músico que apenas empieza a sonar se atreve a cobrar por su mercancía, ya no digamos que se atrevieran a pedir lo de las entradas a los bares y foros que tienen a bien permitirles tocar ¡entre semana!, porque los viernes y sábados, días de mayor afluencia, están reservados para los grupos que ya gozan del reconocimiento público. ¡Y en algunos lugares ya ni las chelas invitan! Todo esto para tocar 30 minutos o menos.

Inevitablemente recordé las miles de vivencias que he tenido con mi proyecto musical. Si bien L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound) es una banda que apenas cumple los 2 años 6 meses de vida, mi compañero Uzz y yo llevamos en el camino musical casi 11 años, en los que, en nuestros antiguos proyectos, compartimos escenario con grupos de renombre como Disidente, Austin TV, Elis Paprika, Motor, Delux, Rubytates, entre muchos otros, viviendo por igual tanto ilusiones como desilusiones.

Las buenas experiencias son innumerables y no tienen precio, por eso es que seguimos en el camino, pero las malas tampoco se olvidan y el lado positivo es que nos han permitido aprender que no todos aquellos que te brindan una mano es con la intención de ayudarte, sino casi siempre –con sus honrosas excepciones- por su beneficio propio. Me refiero a aquellos que, sin pensar en todo lo que los músicos independientes tienen que invertir, se atreven a “exigirte” la venta de boletos y ni siquiera tienen la vergüenza de darte un buen sonido para tocar, porque “no vayas a opacar a la banda principal”. O “si quieres tocar tráete tus cosas. Así le han hecho muchas bandas que han pasado por aquí”…

Esta práctica deleznable de la venta de boletos lleva muchos años exprimiendo a los jóvenes músicos, que caen como moscas en las telarañas de los promotores que se aprovechan de sus legítimos sueños y deseos de que su música sea escuchada y reconocida. Alguna vez tuvimos que vender como 50 boletos de $100 cada uno, haciéndonos firmar una especie de contrato o pagaré en el que evidentemente nos obligaban a entregar la cantidad de $5000 pesos para poder tocar, sin importarles si habíamos vendido o no los boletos. El discurso era que, si se trata de una banda de 5 integrantes, “no les cuesta nada vender 10 por persona. ¿A poco no juntan a 10 amigos cada uno?”, y cosas por el estilo que para unos jóvenes en sus 20’s resultaba casi un insulto y, por supuesto, un reto juntar a 10 de sus conocidos, seguros de que nos comprarían los boletos, aunque en realidad no fuera así porque “era fin de quincena” o porque “la banda headliner no les gustaba tanto”, o simplemente porque “estaban muy caros para ir a ver a una serie de bandas nuevas”.

La dinámica descrita en realidad no ayuda a ninguna banda emergente a ser más conocida, puesto que al obligarte a vender boletos te ves en la necesidad de pedir a tus amigos, conocidos y familiares que los adquieran, aunque no vayan a verte, lo que significa que el grueso del público en esos eventos son puros amigos de las 3 o 4 bandas que abrirán, es decir, el nuevo público potencial es muy reducido, e intentar “mover” los boletos por la banda principal generalmente resulta insuficiente para cubrir la cuota exigida. Recuerdo que en aquella ocasión nuestro pensamiento fue que seguramente algún promotor, al menos el de la banda principal, nos escucharía y podríamos llamarle la atención, pensando ingenuamente que a las grandes agencias les interesa el desarrollo del nuevo talento. “Es una gran inversión pero por lo menos vamos a tener una tocada increíble, con un excelente sonido”, pensábamos, pero nunca pudimos tocar con el sonido de las bandas principales y creo que hasta tuvimos que pedir un préstamo bancario para saldar la deuda, por no haber vendido todos los boletos. Eso fue hace 10 años y juramos que nunca más volveríamos a vender boletos o pagar para tocar.

Hace muy poco, ya con L.E.D.S., una revista reconocida realizó una convocatoria para abrir concierto a una banda famosa –me reservo los nombres para evitar cualquier tipo de problema. Pedí informes y ¡oh sorpresa!, quisieron aplicárnosla con la misma dinámica. Pero la experiencia no viene en balde y por supuesto rechazamos la venta de 40 boletos de $150, en un lapso de 15 días, con el grandioso regalo de 80 cortesías para tocar 30 minutos en “un foro reconocido”, que se llenaría con puros amigos de las bandas abridoras, o sea que continúan explotando a los jóvenes músicos que tienen la ilusión de compartir escenario con alguien famoso, aunque ni te saluden cuando te los topes en el backstage, con todo lo que sufriste para conseguirles a su público. ¿Estas bandas headliners sabrán lo que sufren las bandas emergentes para abrirles el escenario y dejarles al público bien puesto o también les estarán picando los ojos? Será un tema que algún día tendré que investigar. Por lo pronto, cuando vayas a escuchar bandas independientes, regálales un buen gesto y dales un like en su Facebook, así por lo menos las harás sentir que valió la pena todo su esfuerzo.

#LEDSROCKBAND

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